miércoles, 29 de agosto de 2018

21- NUEVOS MUNDOS, VIEJOS AMIGOS

Carta redactada por Luis de Torres, interprete y explorador español, a dictado de Juan Rodríguez Bermejo, dirigida a la familia de éste último y aparecida en los archivos clasificados del Ministerio del Tiempo


“En el nombre de Dios Misericordioso, yo, Juan Rodríguez Bermejo, escribo esta carta el día catorce de octubre del año de nuestro señor de mil y cuatrocientos y noventa y dos, festividad que es de San Calixto, mártir. Deposito ante los ojos de Dios y los de la Virgen María, que lo que en ella me dispongo a referir es cierto, y, si omitiera algo, más sería por el cansancio de los hechos vividos en los últimos meses -que veces hay que le nublan a uno el entendimiento y la memoria-, que por mala fe de parte mía.  
Sucedió que, el último día del mes de julio del año en el que nos encontramos, en volviendo yo de faenar por el río que llaman del Guadalquivir,  fui asaltado por dos hombres a la altura del castillo de San Jorge, sede de la Santa Inquisición. 
Hubiéralos tomado yo por dos simples bandidos, -que en Sevilla hay en mas número que en el resto de ciudades de la cristiandad-, de no haber sido porque tras grande forcejeo y no poca resistencia por parte mía, -que aunque de baja estatura y menguadas carnes,  más de uno y de dos marineros han acabado en tierra tras enfrentárseme-, me obligaron a entrar con ellos por un pórtico trasero de las murallas del castillo, que si no fuera porque lo vi abrirse, hubiese jurado que había aparecido allí como por brujería, de tan desapercibido que había sido para mí hasta aquel momento. Entrados allí, y tras atravesar a tientas un corto pasillo, tuvieron a bien conducirme por una suerte de escalera redonda y amplia hasta un salón superior y, en cruzando otro pasillo más luminoso, fuimos llegados a otra salita, mas angosta que áquel del que veníamos, mas igual de oscura. A fe mía que en aquel sitio vieron estos mis ojos cosas extraordinarias: las paredes estaban ricamente decoradas, con lienzos tan perfectos que más parecieran una ventana a la cual se asomaban aquellos que estaban allí representados; colgaba de uno de aquellos muros un círculo de cristal con dos varillas que giraban alrededor de un eje, a distinta velocidad, sin nada que las impulsara, cosa que me pareció demoníaca; en el techo pendía una especie de lámpara, más tan ridícula, que no había en ella nada que pudiera arder; en medio de aquel lugar, dos sillas de un material que no hube visto antes, y una mesa de una madera tan bien labrada que diríase que hubiera sido hecha por un gran maestro. Tras ella nos aguardaba un hombre de avanzada edad, que, por su elegante forma de vestir, tuve por cierto que se trataba de alguien cercano al Inquisidor General. Con un ligero movimiento de mano dio instrucciones a mis captores para que abandonaran la sala, quedando los dos solos y en tan grande silencio como pueda usted imaginar. Habiéndose levantado, se presentó ante mí con gran educación, a lo que respondí como nos es mandado por Dios, y más ante una persona de tan cristiano nombre, y me llevó a un extremo de la habitación desde donde, a través de un ventanal, se veía un patio, sólo provisto de un adusto pozo en el centro. 

Como si de alguien conocido por mi se tratara, durante largo rato me habló, animándome a llevar a cabo una empresa que yo había rechazado en la víspera,  que no era otra que la de acompañar al almirante Cristóbal Colón a encontrar una ruta alternativa a las Indias, que yo pensaba que era cosa peligrosa y por demás imposible de llevar a cabo. Muchas veces he discurrido, a lo largo de estos últimos meses, y aún ahora mientras escribo estas líneas, el motivo por el que aquel hombre insistió tanto en mi participación en aqueste viaje, siendo yo marinero joven y de poca experiencia. Tanto y tan largamente insistió, y tantos buenos augurios me dio,  que finalmente acepté, y, al alba del tres de agosto abandonamos el puerto que llaman el de Palos, embarcados en tres majestuosas carabelas, las más grandes naos que yo jamás hube visto, que llamaban la Pinta, la Niña y la Santa María, yendo yo en la primera, por demás la más velera de todas.

Fue, tras muchas jornadas de penosa navegación, cuando ya la carne olía a podrido y el vino comenzaba a agriarse en las bodegas, -motivos por los cuales la tripulación empezaba a pensar en amotinarse (tan grande es el efecto que la escasez de vino produce en los marineros)-, que en la mañana del doce de octubre, avisté tierra firme desde mi puesto de vigía en la Pinta, capitaneada que era por Martín Alonso Pinzón. Mas, tan inescrutables son los designios de Dios Nuestro Señor, que aquella tierra que pisaríamos no habían de ser las Indias, sino lo que nuestro almirante tuvo a bien llamar, el Nuevo Mundo. 
De todos era sabido que áquel que fuera el primero en ver tierra firme sería digno de muchas mercedes. Mas, en conversación mantenida con Maese Colón, propúsele un trueque por el único privilegio que deseaba, que no era otro que, esa isla que ahora pisábamos llevara el nombre de aquel hombre, de blancos cabellos y tiernos modales, que insistió en que yo me embarcara en tan importante travesía. 
En viendo el almirante que mi petición era sincera, y que otra cosa no aceptaría que no fuera aquello, con gran alegría accedió, mas quedando este trato entre nosotros, y sin que nadie más debiera conocerlo.
Y así quedó, escrito en su diario, que esta isla habría de ser llamada en adelante Isla de San Salvador. 



Juan Rodríguez Bermejo, "Rodrigo de Triana"


Isla de San Salvador 
Catorce de octubre de mil y cuatrocientos y noventa y dos."

miércoles, 1 de noviembre de 2017

20- SONETO DE DESPEDIDA? #Mdt3Final


viernes, 14 de julio de 2017

19- MINISTRY OF TIME? CAN YOU HELP US?


Eran alrededor de las 3 de la tarde y, en la semipenumbra de la oficina, Salvador aprovechaba para echar una “cabezadita”, cuando sonó el teléfono.

A regañadientes,enojándose con Angustias por haber permitido pasar esa llamada, antes que pensar que podía ser algo urgente, tomó el teléfono y atendió.

Nada más escuchar la primera palabra la cara le cambió completamente. Como por arte de magia desapareció toda modorra y estuvo en alerta máxima. Tanta adrenalina había vertido en sus venas el simple sonido de la voz del otro lado.

Aún escuchando, respiró hondo tratando de recuperar la compostura. 
           -Yes, madam, I know it's not our area of responsibility, but we'll do our best –
-          ….. –
-          -Yes, I will speak to our government myself ... –
-          …. –
-          -Yes madam, do not worry, the past is the past and now ... now we must face the future –
-          -No, please, for nothing. Thank you for coming to us. I do not know what we can do, but we will.-
y cortó, o mejor dicho, la otra persona cortó, porque él se quedo con la boca abierta y el teléfono en la mano. Incrédulo de lo que acababa de pasar. Así lo encontró Angustias cuando entro a la oficina unos instantes después

-         - ¿Qué le pasa Jefe? –

lunes, 19 de junio de 2017

18 - DOS NOTAS QUE DEL LAÚD A UN TIEMPO LA MANO ARRANCA

#TiempoDeRelatos 
¿Y si la PATRULLA hubiera conocido a Béquer en1858? Una boda que nunca tuvo lugar. El poeta y la poesía
Foto montaje sobre el gran arte de la luz de @TamaraArranz @kathadigra sobre @tamarnovas


Dos notas que del laúd a un tiempo la mano arranca

Chapter 1: Mientras haya un misterio para el hombre



Las semanas que siguieron a la misión de la Residencia de Estudiantes se hicieron eternas y muchas veces Amelia pensó que no iban a tener fin.
Los acontecimientos ocurridos en la misma se habían sucedido de forma tan repentina e intensa que no había tenido tiempo de procesarlos bien y ahora se encontraba perdida en un mar de sentimientos muy diferentes. Ella, quien siempre había sido una joven muy reflexiva, rara vez se había dejado llevar de esa manera por sus emociones.
Incluso en la universidad sus compañeros y profesores habían empezado a darse cuenta de que algo no iba bien respecto a ella. Amelia siempre se había caracterizado por ser una estudiante despierta y atenta en las clases, siempre dispuesta a intervenir en las mismas provocando algún que otro bufido de exasperación por parte de los docentes y risitas mal disimuladas por parte del resto de alumnos. Era una joven que se resistía a jugar el papel que la sociedad había diseñado para las mujeres y eso causaba cierta irritación, especialmente en los catedráticos.
Pero no aquellos días. Amelia Folch seguía acudiendo a sus clases en la Universidad de Barcelona, pero permanecía en silencio en su asiento de costumbre con la mirada baja y perdida en sus propias ideas en un gesto de amargura que no lograba esconder. A veces se limitaba a mantener las manos posadas sobre las hojas en blanco de su cuaderno y otras ni siquiera llegaba a abrirlo. Al principio, ésto había causado cierto alivio entre los profesores, quienes estaban hartos de aguantar sus impertinentes interrupciones, pero conforme fueron pasando los días no pudieron evitar preocuparse por su alumna.

miércoles, 24 de mayo de 2017

17.-TIEMPO DE ANTECESORES



TIEMPO DE ANTECESORES
#TiempoDeRelatos

Segundino odia su trabajo. Odia el frío. Odia Atapuerca. Pero incluso en pleno invierno de la Edad de Hielo hay momentos de calidez.


— Joder —murmuró, cabreado, y se frotó la piel de los brazos con las manos en un intento desesperado de entrar en calor.

A sus espaldas, cuatro brillantes ojos marrones le miraban, pero enseguida perdieron el interés por él y volvieron su atención al rinoceronte adolescente que habían conseguido cazar aquella mañana, y cuya dura carne trataban de cortar con sus herramientas de sílex.

Segundino soltó una maldición entre dientes, y volvió al interior de la caverna en busca de algo de calor humano. Mientras se cagaba mentalmente en todos los muertos de Atapuerca, de la Edad de Hielo y de Salvador por mandarlo a aquel maldito agujero helado, buscaba un hueco entre dos de sus compañeros de caverna. Pronto lo encontró y se sentó entre ellos, tratando de arrimarse lo más posible para calentarse.

Lo odiaba. Odiaba el maldito frío. Odiaba comer carne cruda. Odiaba tener que andar desnudo y descalzo en pleno invierno a no sé cuántos grados bajo cero. Odiaba su misión. Odiaba su trabajo. Quedarse en Atapuerca todo el tiempo que hiciera falta, hace ochocientos mil años, vigilando que nadie entrara por la maldita puerta y cambiara la historia. ¿Pero quién coño iba a aparecer por allí, joder? ¿Un friki yanqui paleto de esos que afirmaba que la evolución era una mentira de Satanás para destruir los fósiles de Atapuerca? Si ni siquiera sabían que existían las puertas del tiempo, coño.

Un gruñido gutural enfrente de él captó su atención, y enseguida el olor de la carne cruda asaltó sus fosas nasales. Suspiró y alargó la mano para rechazar el pedazo de carne de rinoceronte que le ofrecía una niña morena, bajita y escuálida, de unos trece años y en cuyo cuerpecito empezaban a despuntar las primeras señales de la pubertad.

Segundino se mordió la lengua para no soltar un bufido cargado de cinismo. Y la gente se gastaba auténticos pastizales en ir a restaurantes caros a ponerse morados de pescado crudo. Que vinieran a Atapuerca, a ver si así se les pasaba la tontería.

— Gracias, Ana, pero cómetelo tú —le dijo.

Ana no entendía sus palabras, pero su gesto le bastó. Sin pensárselo dos veces, se metió el filete en la boca y lo devoró en pocos bocados. Después miró a Segundino, y le dedicó una sonrisa llena de restos de carne entre los dientes.

Segundino sintió una oleada de ternura recorrerle el pecho, y levantó el brazo para acariciarle el pelo a la pequeña. Sus padres habían muerto al poco de su llegada de una enfermedad respiratoria, y poco después había perdido a su único hermano, al que él llamaba Mac, por culpa de un jabalí en su primera cacería. La pobre Ana se había quedado sola en el mundo, sin nadie en el que apoyarse. Así se había sentido él después de que su mujer le ganara la demanda de divorcio y le otorgaran la custodia de su hija.

Sin pronunciar una palabra, Ana se sentó sobre el regazo de Segundino, y apoyó su espalda contra el pecho de él. Como acto reflejo, Segundino alargó las manos hacia su pelo y comenzó a hacerle una trenza. La había hecho tantas veces con su hija cuando era pequeña que ya se sabía la trenza de memoria. Y se seguía acordando, aunque ahora viviera con su ex mujer y ya no la viera nunca.

Al sentir las manos de Segundino trabajar su pelo, una amplia sonrisa asomó a su rostro. Tan rápido como le permitían sus músculos, colocó la mano izquierda sobre la cara interna del muslo izquierdo de Segundino, y comenzó a moverla en dirección a...


— ¡Ana! ¡No! —exclamó en cuanto se dio cuenta de lo que pretendía la pequeña, y la echó al suelo de un empujón.

La niña cayó de boca al suelo. Segundino soltó una fuerte imprecación, y giró la vista hacia ella para ver si le había hecho daño. Varios de los ocupantes de la cueva los miraban, pero a los pocos segundos volvieron a sus asuntos. Ana bufó y agitó la cabeza, contrariada.

Segundino suspiró, y le puso la mano en el hombro. La expresión de la niña pareció calmarse, aunque no intentó repetir su acercamiento anterior. Conociendo cómo eran los hombres de su cueva, no podía comprender cómo aquel al que ella había elegido no quisiera poseerla.

El agente del Ministerio apretó las manos hasta clavarse las uñas. Sabía que Ana lo había deseado desde el primer día, aunque no entendía muy bien por qué. También sabía que sus acciones eran normales en aquellos tiempos, en que todos empezaban a reproducirse en cuanto tenían edad para ello. Había visto más de una chiquilla adolescente embarazada, y también a algunas de ellas morir en el parto.

Y también sabía que nunca, nunca, podría hacer lo mismo con Ana. Aunque en aquella época no hubiera ninguna clase de leyes que prohibieran mantener relaciones con una adolescente, en su fuero interno nunca podría perdonarse el tomar a la niña de aquella manera. A aquella niña que podría ser su hija.

A aquella niña a la que casi veía como una hija.

Y además, como tuviera un hijo con ella, la que liaría con los genes, los fósiles y todo eso sería de campeonato.

— Ana, no. No puedo. —La niña lo miraba sin comprender su extraño idioma. Segundino abrió los brazos—. ¿Me perdonas por tirarte al suelo?

Ana no sabía lo que había dicho, pero abrazó con fuerza a Segundino. Él sonrió, y le devolvió el gesto.


Seguía odiando Atapuerca con todas sus fuerzas. Pero en momentos como aquel, casi deseaba poder quedarse para siempre.




#TiempoDeRelatos

martes, 23 de mayo de 2017

16.-TIEMPO DE.....LIOS (capítulos II a VIII)



Por Angela Giadelli 
También en blog, en fanfiction o en wattpad 
Tiempo de... líos
Capítulo II
Notes:
Este fanfic forma parte de "Tiempo de Relatos", un movimiento realizado por fans y para fans MDT. Los relatos (Trama 1) tienen el punto en común de que giran en torno al mismo arco principal: Darrow libera un gas en el Ministerio del Tiempo que hace que los agentes no sepan distinguir los cambios realizados en la Historia, salvo Amelia, Pacino, Alonso y quizá algunos mas.
 Pincha aqui para leer el Primer capitulo de Tiempo..de Lios
 Tiempo de... líos
Capítulo II

Despacho del Subsecretario_2017.

—Angustias… Cierre la puerta, ¿quiere?

—Por supuesto, jefe.

La verdad es que la buena mujer ni siquiera se había percatado de haber dejado la puerta abierta. Apoyó un instante la bandeja plateada sobre el escritorio de roble —lo imprescindible para cumplir el mandado— y volvió a la mesa, presurosa, a servir el café caliente mientras todos los demás estaban entretenidos viendo las imágenes de los túneles en el plasma.

—Qué sabemos —quiso saber Salvador, con aire tenso. Como para no estarlo, con la que les había caído encima. El ambiente era irrespirable y la sensación de inseguridad ahogaba cualquier pensamiento positivo. El caos y el descontrol eran tales, que incluso había tenido que parar los pies a las deslenguadas muchachitas de peluquería. Las chiquillas habían cedido a la histeria y contaban, a cualquiera dispuesto a escuchar, que el Estado Islámico había descubierto el sistema de puertas gracias a unos textos antiguos datados en la época de los reinos de taifas; que querían tomar el Ministerio para volver a la época del Califato de Córdoba y no sé cuántas tonterías más. Sin paciencia, y con mucha elegancia y poco recato les espetó que se dejaran de chismes, que había compañeros que se habían quedado encerrados simplemente por el hecho de acudir al trabajo desde sus respectivos siglos.

Así de tóxica era la atmósfera que les rodeaba.

—La alarma sonó a las ocho cincuenta y dos de la mañana. Tres minutos después se cerraron herméticamente las compuertas que van a los túneles —explicó Irene—. Pero por la cantidad de gas que calculamos que hay abajo, creemos que llevaban suministrándolo desde mucho antes. Probablemente se hayan pasado toda la madrugada ahumándonos como a salmones.

—La humareda comenzó en ciertos pasajes estratégicos. —Ernesto, diligente, señaló con el dedo unos puntos en el mapa, relevando en el discurso a su compañera—. Creemos que proviene de puertas concretas. Alonso y Amelia bajaron a investigar y, antes de perderse la conexión, al menos nos confirmaron la treinta y siete y la doscientos setenta.
Foto de Tamara Arranz

lunes, 22 de mayo de 2017

15.-PERDIENDO LA CABEZA


Arte @kathadigra #KathayLens



PERDIENDO LA CABEZA

     Autor Jesús Lens       
#TiempoDeRelatos


"—En realidad, Washington Irving escribió “La leyenda de Sleepy Hollow” a modo de exorcismo —decía el doctor—. Escribió aquel cuento porque estaba aterrorizado.

—¿Y piensa usted que ahora puede estar ocurriéndole lo mismo, doctor? —preguntó Amelia—. Porque yo empiezo a creer que es de tanto escribir, que está perdiendo la cabeza…

Washington Irving había llegado a Granada el 4 de mayo de 1829, acompañado del príncipe Dolgorouki. Tras instalarse en los apartamentos que el gobernador de la ciudad, Francisco de la Serna, había dispuesto para ellos en el Palacio de Carlos V, ambos amigos bajaron a la ciudad, a través de una serpenteante cuesta que, entre árboles y el rumor del agua, les condujo al Albaycín, el famoso barrio que fuera de los moros, tras la entrega de la ciudad.

Irving estaba desconcertado. Y las imprecaciones de Dolgorouki no contribuían a mejorar el ambiente.

14.-EL ARTIFICIO DE JUANELO


EL ARTIFICIO DE JUANELO

      Autor Cris Snape      
#TiempoDeRelatos

Disclaimer: El Ministerio del Tiempo no me pertenece y hago esto sin ánimo de lucro.

¿Y si en algún momento de la historia Juanelo Turriano hubiera sido un afamado inventor, a la altura del mismísimo Leonardo Da Vinci? Obligados por las circunstancias, Julia Lozano y Joaquín Argamasilla comprenden que a veces el pasado debe cambiar para que todo siga igual.



 Toledo, 23 de febrero de 1569.
La primera vez que Julia vio el Artificio de Juanelo tenía doce años. Fue durante una excursión escolar y a esas alturas de su vida no sabría decir si dicho acontecimiento ocurrió en el pasado, el presente o el futuro. Había viajado en el tiempo tantas veces que comprendía que todo era una cuestión de perspectiva.





El artefacto que la pequeña Julia contempló era distinto aquel. Con el paso de los siglos se había visto sometido a numerosas mejoras y remodelaciones y en algún momento había dejado de utilizarse, cuando la modernidad había traído consigo sistemas de alcantarillado que Juanelo Turriano nunca alcanzó a imaginar. Aún así seguía en pie, como la preciosa Catedral, como el imponente Alcázar reconstruido una y otra vez, como las mezquitas, las sinagogas. Como Toledo entero, mezcla de gloria y decadencia, de belleza sobria un poco desconchada en algunas partes.
Durante siglos, el Artificio de Juanelo fue una de las obras cumbres de la ingeniería hidráulica europea. Fueron muchos los que copiaron su estructura para abastecer de agua ciudades enteras, aunque sólo en Toledo se logró semejante nivel de perfección. Julia se sintió maravillada cuando lo vio por primera vez y todo el vello se le puso de punta cuando contempló el momento de su inauguración.



Definitivamente viajar en el tiempo era maravilloso. Tenía sus partes oscuras pero la luz de instantes como aquel lo compensaba todo con creces. A su lado, Joaquín rechinó los dientes y dio un paso atrás.


sábado, 20 de mayo de 2017

13.-LA FUERZA LASTIMOSA





LA FUERZA LASTIMOSA


#TiempoDeRelatos



Por 
Madrid, 2014. Biblioteca Nacional Española.
La sencilla habitación que le servía de lugar de trabajo a Marcos Jiménez siempre estaba cerrada. Nadie iba allí salvo Marcos, y ni siquiera acudía a diario, sólo una vez al mes.
Estaba preparando un libro sobre Lope de Vega. Esa obra se centraría en la pieza teatral “La Fuerza Lastimosa”.
Como siempre hizo un repaso visual de sus notas y uno mental para hacer una nueva lectura de aquella pieza en su aspecto original en papel.
Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su iPod, lo usaba para grabar cortas notas de voz para después montar el texto en su ordenador. Comenzó a dictar sus habituales notas. Al otro lado de la ventana anochecía.
Terminó de dictar sus notas. Comenzó a recoger, miró el texto de Lope antes de cerrar el volumen, en ese momento, de golpe percibió que había algo más en la obra que estaba estudiando.
-Un mensaje cifrado o en acrósticos… ¿Por qué me ha parecido que hay algo más? 


viernes, 19 de mayo de 2017

12.- TIEMPO DE... LIOS

¡Hola! Buenas tardes a todos, mis mini-histéric@s favoritos. Os dejo mi "pequeña" participación esperando que os guste y os echéis un rato agradable y unas risas. Como mi historia tiene varios capis (8), os dejo el primero y os pego links a los demás para no petar yo sola este blog comunitario.  En cualquier caso,  si ya me seguís en el blog, en fanfiction o en wattpad sabéis que también los pego por ahí. Besos Giadéllicos!


Relato creado para participar en el evento #Tiempoderelatos, de descarada inspiración whovian en su banda sonora 🙂


                          Arte de Jaime Martinez Rodriguez
Después de correrse la voz de las consecuencias de los dispositivos en la salud de los agentes de Darrow y a un paso de la rebelión de estos, se produce un ataque sorpresa al Ministerio del Tiempo. Porque, lejos de aceptar quedarse fuera del negocio, gasear el Ministerio es un primer paso en su intención de hacerse con el control. Romper la seguridad, ver la reacción del subsecretario y el protocolo de actuación para no fallar en su segundo ataque: el mortal.
Con pequeñas apariciones de los personajes antiguos de la serie como Pacino o Lola Mendieta, y algunos novedosos, como —la que presumo va a ser muy odiada, pobre—Marta.
Descargo de responsabilidad: No me pertenece nada, salvo la paranoia expuesta y todo lo que no pertenezca a los demás. Todo lo relacionado con El Ministerio del Tiempo es de Olivares, Schaaff y compañía. Los esbozos principales del argumento del ataque de Darrow pertenecerán a quién pertenezca, yo sólo me he limitado a darles forma y contexto.  Vídeos y demás, ídem. ¡Disfrutad!
*Nota de autora: Como es probable que muera en el intento de sacar todos los capítulos antes del lunes 29, cualquier fallo ortográfico tendrá que esperar a ser corregido en futuras ediciones (probablemente, cuando resucite la semana que viene). Beso Giadéllico!
Tiempo de... líos.
Capítulo I
Ministerio del Tiempo_2017.
Alonso de Entrerríos estaba hecho a combatir en las distancias cortas, en las largas, con las armas más sofisticadas e incluso teniéndose que valer únicamente de sus propias manos. Había luchado —y sobrevivido; que su “muerte” se había debido realmente a otros asuntos, mucho más feos y peligrosos— en la guerra en Flandes. Y su paso por el Ministerio le había fortalecido, había aprendido nuevas técnicas y le había obligado a hacerse a todo tipo de ambientes… O eso creía él.

Lo cierto es que ni Alonso, ni Amelia, ni los que aún se tenían en pie en esos pasillos del demonio, estaban acostumbrados a enfrentarse de manera eficaz a la hipoxia. Y ni que decir tiene que los que habían sucumbido ya, mucho menos.
Incapaz de ver lo que tenía a los laterales, como los borricos en los campos, lo que veía por el visor de plástico medio empañado era un panorama desolador. Demasiado parecido a su vida anterior como soldado: sus compañeros de trincheras abandonados a su suerte,  tirados en el suelo como muñecos,  pero sin aliento… muertos. ¿Muertos?
Intentó apartar tan macabro pensamiento. No, no iba a morir nadie. La rabia que sintió le sirvió para tirar con más fuerza y determinación, para acelerar el paso. La carga del maldito traje de seguridad (con respirador interno incluido) no era nada en comparación a arrastrar a duras penas el peso del cuerpo a su compañera,  que se le medio asfixiaba entre los brazos luchando por no respirar. Porque de eso era de lo que se trataba, de no respirar ese humo tóxico. O eso les habían dicho antes de bajar.
Eran el equipo de contención, de evacuación, o cómo diablos lo hubiera llamado Irene. Y qué cosas: ahora eran ellos los que necesitaban ayuda. Porque para Amelia no había ni tiempo ni gaitas, la rotura en su traje era grande y el gas se colaba por ella. Tenía que sacarla de allí sí o sí, su amiga no iba a unirse a los cientos de cuerpos que yacían de cualquier manera por los pasillos.
No daba tiempo a volver arriba pero había una puerta… Una puerta que podían cruzar y buscar un matasanos, un curandero… o algo. Y estaba cerca. Podía funcionar.

Continúa en Capítulos II a VIII
#tiempoderelatos