sábado, 13 de mayo de 2017

8.-TIEMPO DE INVENTOS



Por Celia Pérez-Castejon y Gloria Irun sobre Manuel Jalon y las manifestaciones estudiantiles de 1956



  TIEMPO DE INVENTOS:


 

Madrid, 2017. Se requiere en las oficinas del Ministerio del Tiempo a los agentes Spínola, María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, y Alba Irún Lobo, para una misión que no debe proporcionar  grandes complicaciones, pero que es necesario llevar a cabo para la continuidad de la normalidad en el devenir histórico de la ciencia en la nación española. 

Ambrosio Spínola (siglo XVII), aristócrata  genovés, Capitán General de las tropas en Flandes en la Guerra de los 80 años, al servicio de la Monarquía Hispánica, y “Grande del Ministerio del Tiempo” por su labor en diversas misiones y su compañerismo;  María Teresa de Silva Álvarez de Toledo –Cayetana ( siglo XVIII-XIX)- Duquesa de Alba y mano derecha de la Reina María Luisa de Borbón, recién reclutada y “joven  promesa” de la institución; y Alba Irún Lobo (S XX), hija de minero y ama de casa asturianos, Historiadora del Arte que opta a una importante beca de estudios superiores en  Arte en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, con su tesis “Diego Velázquez, el nacimiento de la perspectiva aérea y el uso del Alla Prima”.

Las dos mujeres caminan por las calles del Madrid del siglo XXI. Año 2017. Van camino del piso número 4 que el Ministerio posee para acoger a funcionarios que no pueden ni deben volver a sus diferentes épocas. 

Ambrosio las espera; él no coge el metro, “Maldito chisme del diablo”, ni sube en coche a hora punta si el tráfico lo encierra (“¡hideputas, somos Grandes de España!”).

Alba va contando, con respiración entrecortada por el paso apresurado, a Cayetana: “Y lo vi admirando las Meninas, nervioso, agitado y negando con la cabeza y diciéndose a sí  mismo: “no tienen sensibilidad… No han entendido nada…¡ Pierde el espíritu y la esencia del  momento histórico; del familiar…!” Yo tomaba notas sobre la pintura para mi trabajo doctoral y lo veía y escuchaba desde atrás… Y lo sentía realmente compungido. Me pareció tan desesperado que me produjo cierta ternura… y, la verdad, también cierto desasosiego, pesando que, o estaba ante una sensibilidad poco
propia del público habitual, o estaba ante un “flipao” con un nivel de tara mental muy serio
”.

Cayetana: “¿Flipao?”, pregunta Cayetana casi sin resuello.

Alba: Loco, perturbado, desquiciado, chiflado, desequilibrado, ido…

Cayetana (riendo): No estabas muy equivocada… Porque la sensibilidad para el arte no hay quien se la niegue, pero la… “¿chiflada has dicho?”

Ambas ríen; les suena el busca. Spínola espera en el portal.

Corramos”, apremia Alba.

En el coche, camino de las oficinas, Spínola ríe mientras se abrocha el cinturón de seguridad:

 “Contadle…. Contadle cómo el “Gran Velázquez” acabó por confesaros los viajes en el tiempo y la existencia del Ministerio…”
-Que sí…. – Contesta Alba mientras circula lentamente por La zona de Cibeles- . Te cuento: su cara me había resultado tan sorprendentemente igual a la del genio Diego Velázquez ( que me había robado tantas horas de mi vida académica y personal), que me quedé boquiabierta. Lo miraba y creo que hasta dejé de parpadear “Dieguito” me miró y vaciló un momento antes de  farfullar algo en voz baja y salir caminando atolondradamente hacia la puerta

-Cayetana : “Dieguito…” – Ríe.

-Spínola: ¡Contadle, contadle lo otro!

-Alba: que sí, Ambrosio. Sigo: Cuando se disponía a marcharse, vio mis carpetas, mis hojas, mis láminas con su obra… Todo el material con el que siempre cargo de sala en sala del museo para mis estudios

Cayetana: “¿No hay nadie que porte y cargue para ti”?

Alba la mira muy seria y responde irónica: -“Tenía un sherpa andino… Pero se unió a un grupo de músicos de ocarina que actúan en ferias y fiestas populares, y, ahora, vago yo sola por el mundo de los museos del siglo XX con mi seat panda y mis cachivaches”.

Spínola sonríe y mira por la ventanilla derecha trasera. Escuchándolas se lo pasa como nunca había podido imaginar.

Cayetana asiente a pesar de que no ha entendido nada y añade a su lista mental de palabras desconocidas “farfullar, chiflado, sherpa y ocarina”.

 “Continúo”, dice Alba: “Al ver la ingente cantidad de material sobre su obra que había allí, me volvió a mirar. Le sonreí, aún muy en shock por la similitud de facciones, el bigote… Y me acerqué a preguntarle si era muy apasionado del gran Velázquez o del movimiento barroco, y si era artista o estudioso de pinturas o artes plásticas.
Acabamos en una especie de sala de fiestas. Entre cubatas (cubatas son bebidas espirituosas, Caye) “Dieguito” empezó a decir que “sus” cuadros cada vez eran peor restaurados… que “sus” obras merecían otro trato… que “su” trabajo no era valorado como el de otros grandes como Picasso, Goya o Caravaggio. Hablaba tanto en posesivo y bebía tan rápido que no sabía si la borrachera le potenciaba la locura, o si era yo la que iba muy “pedo”, y entendía a duras
penas lo que me contaba

  Cayetana: ¿“Muy pedo” es ebria?

  Spínola: “Es…. Es.”

Alba: “…de pronto, íbamos caminando por la Plaza Duque de Alba, y me da un beso y un abrazo tequileros, y me dice: “Pasa, pasa… Verás qué grandes son mi jefe y mis compañeros”.  Y… Ahí entré en este mundillo nuestro intertemporal…

Spínola (Riéndose): “Se oían las voces de Don Salvador Y Don Ernesto hasta en la cantina…” Alba: “Y Dieguito vomitaba--- Eso sí que era un cuadro…”

 Spínola: “Hemos llegado. Nos llaman a la batalla”


MADRID 1956

Nuestra patrulla ha cruzado la puerta 145. Ha viajado a mediados del S. XX, concretamente a 1956. Son tiempos convulsos (esto es España) tras la fratricida Guerra Civil que dividió nuestra nación y sus gentes y que sembró un nuevo germen de odio que bullía entre los ciudadanos de cada rincón de la España de la Postguerra: el rencor.

Las gentes de la “España del Hambre” sentían el luto por los muertos recientes en campos de batalla, prisiones y reyertas callejeras. Muertos físicos, exiliados, cadáveres intelectuales. Pero, como cantaría más tarde Carlos Cano, sentían sobre todo que no existía “futuro sólo miseria”.

España es una bomba de relojería: racionamientos, miedo y desesperanza; autarquía, dictadura… Quietud.

Las Juventudes Universitarias se rebelan contra el status quo del momento. La tensión social es un hecho y es creciente. Las clases gobernantes se ven obligadas a un cambio en las políticas socioeconómicas y se liberaliza el comercio y se pone fin al racionamiento de bienes de primera necesidad.

Éstas y otras medidas, unidas a los Acuerdos de Madrid de 1953, donde España acoge militarmente al ejército americano en las bases de Morón, Zaragoza y Torrejón de Ardoz, a cambio de 1.500 millones de dólares, relajan, en cierta medida, las inquietudes económicas, debido a que propician la llegada de una importante cantidad de “bienes de equipo”, que traen consigo un importante desarrollo industrial.

 A pesar de estas reformas, el ambiente ideológico está muy crispado y no parece muy probable la reconciliación;  y en este contexto surge la razón de ser de nuestra patrulla en los años cincuenta… en febrero de 1956 para ser más exactos, un febrero tenso en el que el Gobierno de Francisco Franco se esfuerza en extirpar el pensamiento liberal que la Institución Libre de Enseñanza había alentado en las Universidades españolas.

Las calles son un caldo de cultivo perfecto para las cargas y las barricadas. La “guerrilla” se prepara en las Universidades y entre los grupos encargados de limpiar las calles desde el bando falangista.

La puerta número 145 situada en plaza san Bernardo  lleva a los agentes Spínola, Cayetana y Alba en busca de una persona que tiene importantes aportaciones que hacer al mundo de la investigación y el desarrollo de nuestro país, en materias aeronáutica, médica y doméstica: Manuel Jalón,  ingeniero aeronáutico militar que se dirige a Madrid a presentar y patentar uno de sus muchos inventos.

Jalón camina por la calle san Bernardo. Se cruza con juventudes universitarias que claman por sus derechos. La mala suerte quiere que los manifestantes se encuentren con un numeroso grupo de falangistas que vienen de un homenaje a un reputado miembro pretérito y Jalón está allí. Hay gritos y empieza la algarada. Las fuerzas del orden _ Los Grises_ esperan órdenes. Y cargan contra las multitudes con fuerza. 

El caos es total y las calles portales y rincones aledaños son un disturbio ciego.

¿Qué debe hacer nuestra patrulla?  Ayudar a Manuel, que no le suceda nada que altere su futuro y sus posteriores inventos.

Porque Jalón sangra por la nariz; han debido golpearlo y se desorienta; lo empujan; cae y lo pisotean.  A malas penas entiende cómo ha acabado en ese caos, y vuelve al suelo. Su maletín se pierde entre pisadas y traspiés y algunos restos de sus bocetos se desparraman calle abajo.

Manuel Jalón respira con dificultad. Respira agitadamente. Respira polvo y miedo.  Un ruido sordo le embota el cerebro y no sabe dónde mirar. Se deja llevar por la marea humana y nota un fuerte tirón de un brazo… Lo rodean y siente cómo lo guían entre empujones… “¿mujeres?”… Oye gritos de los grises… Los tienen rodeados… Los confunden con los jóvenes manifestantes…

Se acercan…  Escucha a una de las mujeres hablar de números… “¿Puertas de vuelta? ¿Spínola? ¿Busca?

No sabe dónde está pero se marea… Una mujer lo espera dentro de un portal con un extraño objeto en la mano… Parece una jeringuilla médica “¿quién es? ¿Qué está ocurriendo?”. Se desvanece…Nota un leve pinchazo en el brazo derecho y…cae.


  Cayetana: “Nada que lamentar, finalmente. Me sube la “granulina” muchísimo en este trabajo nuestro. Es tan emocionante y tan nuevo todo! Si Goya pudiera pintarlo… En fin: Jalón a salvo, en una posada, y sin lesiones importantes. La posadera ha quedado convencida de que Alba era una estudiante más que lo ha ayudado a llegar aturdido por la refriega callejera. ¡Qué España la nuestra! Siempre matándonos…

Spínola: La misión ha sido un éxito doña Cayetana.

–respondió- Pero creo que aún no ha finalizado. Recuerda cómo se conocieron Alba y “Dieguito”? (Ríe). Y ¿recuerda que le pareció un “flipao”?

-Jajaja. Lo recuerdo, por supuesto. ¡No conoce usted a Velázquez cuando bebe!

-Puede que no lo conozca, pero quiero saber qué es eso de “fliparse” y qué se siente.

Caballerosamente Spínola le ofreció su brazo: Caye, te voy a enseñar el mejor lugar de Madrid…vámonos de chupitos. ¡Presiento que esto va a ser el principio de una gran amistad!


















viernes, 12 de mayo de 2017

7.- SE ACABÓ EL TIEMPO


SE ACABÓ EL TIEMPO por Erin Æ. Il Sogno di Roma
Arte de Numenoreano
 
Descargo: El Ministerio del tiempo y los personajes aquí reflejados son creación de los hermanos Olivares. Nada de lo aquí retratado me pertenece.
Pero ay del que se adentre en esta historia, porque, para variar, he buscado romper un poco con lo habitual en este fandom. Así que mi única petición es que abráis vuestra mente y os liberéis de cualquier prejuicio. Cualquier género le va bien al Ministerio.
Si os vaga escuchar algo de música para ambientar el relato, quizás os interese saber que lo escribí con la B.S.O. de El incidente (The Happening) de fondo.
Advertencias: abstenerse claustrofóbicos. Nah, sería cruel xD Es para todos los públicos.
El resto, creo que estáis preparados para acceder por el carcomido portalón del Palacio de Sueca, aunque puede que no salgáis…


Se acabó el tiempo

Angustias acababa de entrar por la puerta del despacho del subsecretario, cargando dos carpesaros con documentación clasificada. La buena mujer aparentó un fingido pesar por interrumpir la tensa discusión mantenida a tres bandas entre el señor Martí, Ernesto e Irene, pero en el fondo sus superiores agradecieron la tregua que les estaba brindando.
El móvil de Irene se iluminó dentro del bolsillo de su pantalón. Sin embargo, no llegaría a mirarlo.
De pronto, las sirenas comenzaron a aullar, señal inequívoca de que se había producido una incursión hostil dentro del Ministerio. Sonido enlazado, también, al inmediato sellado metálico del acceso a cualquier puerta del tiempo. A partir de la activación del sonido de la alarma, nadie podría entrar ni salir del Ministerio por esas vías.
Casi inmediatamente después, se escucharon los gritos. Desconcierto primero, y luego desesperación. Anunciaban la inminente aparición del enemigo que les estaba asediando.
Ernesto subió las persianas venecianas, y entonces a través de los ventanales de la oficina principal, vieron a sus compañeros corriendo delante de un humo opaco, que los engullía y se tragaba hasta la luz.
En esos breves segundos entre el silbato de emergencia y el primer funcionario que logró salir al patio, Irene sintió el impulso de lanzarse a ayudar, a investigar, a la acción. Pero al advertir que se trataba de un ataque químico, se desprendió rauda de su chaqueta y taponó la rendija inferior de la puerta acristalada.
Ernesto y Salvador la imitaron. Angustias, no, porque la pobre todavía estaba aturdida por la rapidez con que se estaban precipitando los hechos. Por desgracia, su corta experiencia como agente frente a Napoleón no la había preparado lo suficiente para un asalto violento.
Y ahora —exactamente cuarenta y nueve segundos tras el comienzo del fin—, en aquella cámara estanca que antes era el despacho de Salvador Martí, los cuatro se hallan relativamente seguros, sumergidos en la total inseguridad de no saber lo que está pasando.
Fuera sólo se atisba una calígine artificial. Densa y grisácea. Los cuatro pendientes de escudriñar más allá del mirador de cristal algún movimiento, amigo o enemigo. Pero sólo se escuchan gritos.
Y luego, nada.
Salvador descuelga el teléfono que duerme sobre su escritorio. Marca la extensión de la primera oficina que se le ocurre. Al azar. O quizás no tanto.
Por fortuna, después de una tos, una voz conocida le responde al otro lado de la línea.
—¡Velázquez! —Suspira cruzando una mirada de alivio con sus subalternos—. ¿Se encuentra usted bien? ¿Están todos a salvo por ahí?
La previsible respuesta se retrasa por otro carraspeo.
—Sí, sí —acierta a decir susurrante don Diego, tras recomponerse un poco de la expectoración—. Nos hemos encerrado unos cuantos en mi estudio. La verdad es que a mí apenas me dio tiempo a… —se frena ante una nueva sacudida de tos—… a salir, cuando una marabunta de gente entró en tropel, arrasando y tirando los caballetes por los suelos.
La exageración del pintor recibe una airada queja de los escasos compañeros que se agolpan a sus espaldas, atentos a la conversación.
—Bueno, bueno, déjese de glosas —ataja Salvador—. ¿Desde allí pueden oír algo? ¿A los asaltantes? ¿Han visto a alguien sospechoso?
—No, no hemos visto nada, y de momento no ha pasado nadie por delante del estudio, que hayamos notado. —El retratista calla—. Pero es evidente que esto es obra de un agente externo. No creo que a ningún colega en su sano juicio le haya dado por vaciar todos los extintores… Aguarde un momento.
El artista intercambia unas palabras con los allí presentes. Por lo que llega a entender el subsecretario, parecen unas nerviosas directrices para que alguien espabile y tape de una maldita vez el quicio, porque se les está llenando la habitación de gas.
»En fin, le mantendré informado ante cualquier novedad.
En esta ocasión, la tos que quiebra la voz del pintor es más intensa, y no atina a enmascararla, como pretendía, para no delatar su presencia a posibles extraños. Sobrevienen unos segundos de mudez, escrutando hipotéticos movimientos fuera, hasta que al fin, descarta el peligro.
»¿Qué estaba diciendo?
—Nada, Velázquez, que me tendrá al corriente de lo que suceda por allá. Ah, y por lo que más quiera, manténgase con vida. Sólo nos faltaba que lo tomaran como rehén, o algo peor, antes de pintar Las meninas —apunta Salvador no sin cierta sorna, pero nadie le ríe la gracia al otro lado.
Por contra, la contestación que recibe lo deja parado.
—Disculpe, ¿pintar el qué?
El subsecretario traga saliva. Puede que el artista simplemente no le haya oído bien.
Las meninas, Velázquez, Las meninas —repite más alto—. Que ya estuvo a punto, cuando casi se nos fue al otro barrio por la gripe.
Los silencios son cada vez más espaciados.
—No le entiendo. ¿Que estuve a punto de qué?
Al señor Martí estas preguntas ya le mosquean. No hay signos de que la línea se esté entrecortando, pero prefiere asegurarse.
—Velázquez, ¿me escucha usted bien?
—Sí, sí, le escucho. Le escucho perfectamente, pero…
La pausa a Salvador se le vuelve eterna.
»¿Con quién hablo?
El subsecretario cuelga mecánico el auricular, con los ojos posados en un punto indeterminado de la pared.
Las miradas interrogantes de Ernesto e Irene le incitan a pronunciar su temor. ¿Y si los vapores contienen alguna sustancia que provoca amnesia o pérdidas de memoria?
En ese instante, el móvil de Irene vuelve a iluminarse. Casualidad, porque su portadora ya estaba echando mano de él para realizar a su vez una llamada urgente, si bien a otro compañero distinto del que ahora la atañe.
—¿Pacino? —murmura cauta—. Claro que no podéis usar las puertas para regresar, han sido bloqueadas —modula aún más su tono, confiriéndole máxima confidencialidad—. Estamos siendo atacados.
Atacados, ¿cómo que atacados?, se figuran Salvador y Ernesto que contestará el agente.
Efectivamente.
Ernesto no lo demora más. Entretanto Irene continúa informando a la patrulla, él hace lo propio con Spínola. Fuerzas de choque. Soldados a espuertas. Que vengan ipso facto los tercios de Flandes y hasta la guardia pretoriana de Trajano si es preciso.
»Alonso también quiere intervenir —comunica Irene apenas corta con Pacino, sabedora de que el general italoespañol ya está al corriente de todo—. Van a intentar coordinarse con Spínola, que supongo que asumirá el mando de la misión —asegura para tranquilizar a Angustias mientras vuelve a marcar otro número, esta vez el de un viejo amigo—. ¡Julián! Gracias a Dios que me lo coges. Necesitamos tu ayuda.
Lo cierto es que la señorita Larra podía haber preferido los conocimientos de algún insigne químico o farmacéutico español, pero Julián tiene fama de estar al día de cualquier actualización o nuevo avance en sanidad y bioquímica.
No se equivoca. Gracias a la pormenorizada descripción de Irene, el antiguo agente cree saber a lo que se enfrentan. Y no es nada bueno. De hecho, es peor.
La preocupación se refleja en el rostro de la jefa de logística. El miedo, no, pese a empezar a sentirlo. En el fondo, también se considera actriz, y busca por todos los medios no descorazonarse con lo que le está contando Julián, disimulando para no asustar a la buena de Angustias, cuya cara sí que es un poema. Elegiaco, más bien.
De tanto en tanto, Irene espeta irritada que no entiende toda esa terminología clínica. Un Julián, háblame en cristiano (poco común en ella) se le escapa varias veces. Es comprensible, puede que sea consciente de la existencia de agentes nerviosos o discapacitantes como categorías dentro de las armas químicas, incluso puede llegar a inferir el significado de inhibidor de neurotransmisores, pero términos como VX o BZ (Bencilato de no sé qué dinilo) le son totalmente extraños, lo cual la sulfura aún más.
Y sin embargo, lo que más la sobrecoge es la reacción de Julián, fúnebre, pesimista, incapaz de aportar un mínimo rayo de esperanza en el caso de que crucen más allá del despacho.

ARTE DE Spectre 4
Se despide arrastrando un de acuerdo, de acuerdo que no gusta nada a Salvador.
—¿Qué te ha dicho? —le reclama Ernesto en cuanto cuelga.
Irene no acierta a escoger las palabras para adornar un poco la cruda realidad de su situación. Con la cabeza vencida sobre el móvil, juguetea con él entre sus dedos.
—¡Habla, mujer! —se descontrola Salvador, para procurar sosegarse seguidamente—. Perdona —se disculpa llevándose una temblorosa mano a la frente—, no me lo tengas en cuenta, Irene, estoy un poco alterado.
Irene niega imperceptible con la cabeza. Y más que lo vas a estar.
—Por lo visto —inicia titubeante—, podría tratarse de un gas experimental. Habrían conseguido combinar dos compuestos, en principio, incompatibles: VX y BZ.
—Dios mío —blasfema quedo Ernesto. Él sí los conoce, de la II Guerra Mundial.
Para Salvador esas dos palabras (Dios mío) suponen un mazazo. Su amigo suele ser imperturbable, y antes que abandonarse a la negatividad, improductiva al fin y al cabo, siempre tiende a pensar las posibles vías de escape. Pero ahora lo contempla, derrotista y abatido.
Asiente pausado el subsecretario, convencido. —Vaya, veo que es más grave de lo que me había imaginado —reflexiona, sentándose en su sillón, frente al escritorio—. Velázquez no va a recuperar la memoria, ¿no?
—Tanto el VX como el BZ minan distintas funciones del sistema nervioso —refiere Ernesto—. El VX comporta pérdidas de memoria, amnesia, irritabilidad, comportamientos agresivos, y otras disfunciones de tipo fisiológico como depresión respiratoria, bradicardia… En cambio, el BZ cursa con taquicardias, aumento de la temperatura corporal, alucinaciones, ataxia…
—¿Y eso qué significa? —interviene medrosa Angustias.
—La ataxia provoca la descoordinación de nuestros movimientos, como si no tuviésemos ninguna voluntad sobre ellos y no pudiéramos controlarlos —aclara Ernesto.
—¿Y no hay ningún antídoto para eso? —insiste la secretaria, cada vez más atemorizada.
—Al tratarse de un compuesto experimental, y encima con sustancias opuestas, que deberían anularse, pero como sea, han logrado que se mantenga estable —intenta explicarse Irene con tanto embrollo—, todavía no se ha desarrollado un tratamiento, porque aquello que consigue anular a una, no sirve para la otra, y viceversa.
—¡Pero no tiene ningún sentido! —increpa Salvador, propinando un súbito golpe con la palma en la mesa—. ¿Por qué? ¿Quién querría lanzar un ataque así al Ministerio; y además de eso, que también dispusiera de esa tecnología?
—Julián leyó noticias sobre algunos ataques químicos que se han estado llevando a cabo en Oriente Próximo. Dice que la zona es como un enorme laboratorio que las dos grandes potencias han elegido para poner en práctica sus últimos experimentos de forma velada y acotada —notifica Irene para arrojar algo de luz a las sospechas del señor Martí—. Cada país filtra a los medios de comunicación que el contrario ha empleado sustancias prohibidas, gas sarín, por ejemplo; pero indagando un poco sobre la sintomatología que reflejan los periodistas en sus artículos, los entendidos descartan la versión oficial porque no les cuadra, y sacan sus propias conjeturas.
—Vamos, que básicamente sólo Rusia y Estados Unidos tendrían la capacidad suficiente como para sintetizar ese tipo de agregado neurotóxico —deduce Ernesto ágilmente.
—Darrow… —masculla Salvador—. ¡Maldita sea! Apuesto a que esos cabrones han movido cielo y tierra para hacerse con ese compuesto.
—Si de verdad cuentan con ese artilugio que le mostró Lola Mendieta —aventura Ernesto—, no les habría sido difícil teletransportarse al complejo militar que lo estuviese ensayando y produciendo.
—Bueno, ahora mismo no sirve de nada quejarse amargamente de Darrow —sentencia enérgica Irene—. Julián me ha rogado por activa y por pasiva que en ningún caso se nos ocurra salir del despacho. Por nada del mundo debemos entrar en contacto con el gas.
Foto de Tamara Arranz
—Voy a avisar inmediatamente a Spínola y Alonso —reacciona interrumpiéndola Ernesto—, que se provean de equipos de protección NBQ. Sólo nos faltaba eso, que vinieran a rescatarnos y se quedaran en el camino.
—Jesús —se lamenta Angustias—. Espero que al resto de nuestros compañeros también se les haya ocurrido cubrir las rendijas. ¿Qué les va a pasar a los que se tragó el humo? —pregunta casi gimoteando.
Irene mira a Salvador, dudando. Puede resultar contraproducente que su amiga esté tan informada, pero a la postre no tiene elección. Salvador y Ernesto sí que deben conocer todos los detalles.
—Todo depende de la concentración en aire, es decir, de la cantidad de sustancia que se haya dispersado. Lo malo es que estos agentes son altamente nocivos y, con pocos miligramos, sus efectos ya son irreversibles y letales a corto plazo. Conllevaría muerte de dos a cuarenta y ocho horas.
—Y los síntomas, ¿son una combinación de los que causan ambos? —inquiere esta vez Ernesto.
—Julián cree que primero se manifestaría desorientación, pérdidas de memoria reciente, amnesia… No se atreve a afirmar que también afecte a los recuerdos y memoria a medio y largo plazo, pero piensa que existe una alta probabilidad.
—Por eso a Velázquez le costaba reconocerme según transcurrían los minutos —colige Salvador tamborileando los dedos sobre el reposabrazos de su silla.
—También cree que luego se sufrirían alucinaciones, perdiendo la noción de la realidad, que desembocaría en reacciones violentas y agresivas y comportamientos irracionales.
Angustias se persigna fugazmente, hecho que no pasa desapercibido para los tres.
»Espasmos, movimientos bruscos involuntarios, dificultad para respirar, fallo cardiaco, coma y… muerte —confirma Irene—. Aunque eso sólo ocurriría si, como digo, la cantidad de sustancia disuelta en aire es importante —apostilla para que Angustias no se eche a llorar directamente con el panorama que le ha descrito.
No obstante, Salvador y Ernesto tienen claro que importante pueden ser sólo diez miligramos o menos.
—Muy bien —tercia Salvador—. Entendido. No salir de la habitación y esperar a que vengan los nuestros. Es una misión fácil, Angustias, en peor suerte se debió de ver cuando estuvo ayudando durante la cuarentena.
—Claro que sí, Angustias —destensa a su vez Ernesto—, ya verá cómo Alonso no tarda en plantarse en esa puerta, disfrazado con una escafandra y con un voto a tal por los inventos del demonio que tenemos en este siglo.
Sin embargo, ninguno llegará a reírse de la broma, porque un pequeño golpe contra uno de los ventanales casi los infarta. La niebla sigue igual de tupida al otro lado.
—¿Qué habrá sido?
Mas no bien la secretaria formula temerosa su duda, otro nuevo impacto se sucede, y esta vez, todos pueden ver de qué se trata.
Germán, el bedel, uno de los funcionarios que consiguieron salir al patio huyendo del humo, se está golpeando la cabeza contra el cristal, insistente y metódico, apareciendo y desapareciendo entre la nube.
Salvador reclama silencio con el índice. Con gestos, ordena a sus compañeros que lentamente se alejen del mirador. No quiere que Germán se aperciba de su presencia, por si esto pudiera provocarlo aún más.
Angustias no tiene más espacio para echarse atrás, está ya apoyada contra la pared del fondo, tapándose la boca para censurarse cualquier sollozo o chillido. Contemplar así al entrañable conserje, con los ojos idos, empecinado en aporrearse la frente como único objetivo, la está consumiendo.
Salvador no se arriesga siquiera a sentarse de nuevo en su sillón por si éste llegase a chirriar.
De repente, alguien más choca bruscamente contra la ventana.
Ahí, ni Irene puede reprimir el grito de sorpresa y susto. Pero lo que más la asusta de verdad es que esa colisión ha conseguido mellar el cristal, originando una minúscula fisura.
La falsa percepción de seguridad que se habían forjado dentro de la oficina, se les está quebrando, como el vidrio que los separa de un destino cierto.
La cabeza de ese mismo funcionario arremete una segunda, vez y una tercera. Irene mira a Salvador, angustiada, sin un plan de escape, sin ninguna alternativa.
Por lo que más queráis, Irene, no salgáis del despacho. La advertencia de Julián no cesa de resonar en sus oídos. Más allá de esos límites sólo espera la muerte. Y de resultas que al final, irónicamente, es la muerte la que entrará en el despacho.
Salvador coge de su mesa la fotografía de su difunta esposa, que dispuso como pequeño altar a su recuerdo.
La grieta en la ventana evidencia su inminente rotura. El cristal es ya demasiado frágil como para soportar otra embestida sin reventar.
—¿Y decías que ese compuesto atacaba la memoria?
Irene asiente con el mentón extrañada, sin entender a qué viene esa pregunta en esos momentos tan críticos, porque lo que desgraciadamente temían que pasase, termina ocurriendo.
Con el quinto impacto, el vidrio se rompe.
Puede que la certeza de una muerte próxima se haya minimizado con la idea que de ella transmiten las series y películas, pero es horriblemente desconocida, inesperada, y hasta asfixiante, la sensación que invade a una persona que ha estado luchando sin denuedo por sobrevivir, cuando todo ese esfuerzo se revela finalmente insuficiente e inútil. Esa conmoción que anega la mente al descubrir que no hay más salida, más oportunidad; cerciorarse de que ninguna decisión que se tome, influirá en el fatal desenlace.
Angustias, llora ya desconsolada, repitiendo un no, no, no, que no lleva a ninguna parte. Ernesto, a pesar de saber que teóricamente no servirá para nada, se cubre boca y nariz con un pañuelo, animando a Irene y a Salvador a que hagan lo mismo.
Angustias e Irene lo imitan. Salvador, no.
—Si vamos a morir de todos modos, prefiero morir recordándola.
Entonces, abre un cajón de su escritorio, y ante la atónita mirada de sus amigos, extrae una pistola Beretta de 9 mm.
»La guardo ahí en secreto desde que tuve un sueño (más bien, pesadilla) en que me encaraba con Felipe II… —se justifica mientras aparenta acariciar el arma—. Qué cosas.
—Por favor, Salvador —casi suplica Ernesto.
—Señores, ha sido un placer y un honor trabajar a su lado.
Y sin mediar más palabras, sin aguardar a que a ninguno de ellos le dé tiempo a abalanzarse sobre su mesa, el subsecretario dispara certero sobre su sien.
El sonido de la detonación retumba en la sala, y en un parpadeo, el que fuera el mejor jefe y amigo de Ernesto se halla tirado en el suelo. Tan sencillo como que hace un segundo estaba con ellos y ya no.
El despacho se está llenando progresivamente de humo. El empleado que había conseguido romper el cristal, está entretenido ahora en rajarlo por otro sitio, maquinal y enajenado.
Angustias lo observa sin dejar de hipar, y luego el cuerpo sin vida de Salvador.
—Tenía razón —reconoce con amargura—. Vamos a morir de todos modos. Aunque ahora mismo entrase Spínola en el Ministerio, ya estamos respirando ese gas.
—Angustias, ¡no te destapes la cara! —le pide Irene, al intuir lo que está rumiando su amiga.
—No, Irene, tú misma lo has dicho antes. ¿Qué nos queda una vez hemos estado en contacto con esa maldita sustancia: una agonía irremediable de dos días? No, lo siento.
—No lo sabemos, Angustias —trata de convencerla—. No sabemos la concentración-
Pero Angustias no la deja continuar. —También dijiste que como era experimental, no se conocía cura.
La amable secretaria se dirige hacia donde yace Salvador, evitando fijarse directamente. No quiere ser consciente del destrozo que supone un tiro en la cabeza, no vaya a ser que se eche para atrás habiendo tomado ya la decisión.
Recoge con cuidado la pistola del suelo y amaga con entregársela a Irene, pero ésta la rechaza.
—Yo no tengo el valor de Salvador —se excusa con una de sus enternecedoras sonrisas, aun con lágrimas en los ojos, intentando convencer así a su amiga de que la ayude en ese trance.
Dios, ¿cómo habían llegado a ese punto?
Irene asiente y le retira el arma. La abraza y la besa repetidas veces en el pelo. Se da cuenta de que quiere de verdad a esa mujer, su diaria presencia y calor, sus ánimos y mejor cara en los malos momentos, la buena de Angustias…
Muere en el acto.
Irene la apuntó en el corazón durante el abrazo para que no supiera el instante en que presionaría el gatillo; para que no pareciese una ejecución sumaria y ella aguardase arrodillada de espaldas sin saber cuándo vendría la bala.
Y ahora es Irene la que llora desconsolada y se echa en brazos de Ernesto, el impasible, que ya no lo es para nada.
Ernesto conduce a Irene hasta uno de los sofás y se sientan, todavía con la Beretta entre sus manos. No es que crea que aún tienen alguna posibilidad de sobrevivir, sino porque desea descansar la mente antes de que ésta comience a aturdírsele.
—Yo no pienso como Salvador —prorrumpe Irene—. No tengo a nadie a quien quiera recordar especialmente. Todas mis relaciones han fracasado, no me llevé bien con mi familia, y la primera persona del Ministerio en quien confié, acabó comportándose como un tirano. En el fondo, sólo os tenía a vosotros… Y a Amelia, Alonso, Julián.
Ernesto posa un brazo sobre su hombro y la medio obliga a recostarse sobre él. No es un hombre de demasiadas palabras, sobre todo si éstas deben ser de consuelo. Se decanta más por demostrar su afecto con acciones.
»¿Esperarás a que empiece a írseme la cabeza? —le pregunta elevando sus ojos hasta cruzarlos con los de aquel hombre inmutable.
Ernesto está a punto de responderle que cómo está tan segura de que él no se va a volver majara antes, pero simplemente afirma con la cabeza, regalándole una de sus medias sonrisas tan estudiadas, y que sin embargo, siempre conseguían infundir confianza en la gente.
Y ahí permanecen los dos, la amiga reclinada sobre el amigo fiel.
Al cabo de largos minutos, Irene comienza a respirar con dificultad, ora atropelladamente, ora demasiado despacio, emitiendo chiflidos y crepitando. Tiene espasmos en las piernas, se le mueven como cuando está dormida y sueña que se cae por un precipicio. Después de otro rato, las convulsiones ya le afectan al cuello y a los hombros.
Ernesto deposita un beso caballeroso en su rubia y pulida cabellera.
Sabe que es instantáneo. No sufrirá. Igualmente, ella ya no parece ser muy consciente de su alrededor.
La tercera descarga acerca un poco más a Ernesto a su propio final.
Irene se desplomó hacia el otro lado del sofá. La cercana detonación hace que le piten los oídos durante unos instantes, pero enseguida se disipa.
El hombre trajeado se dedica a comprobar que efectivamente aún le quedan balas suficientes para rematarse él mismo.
La muerte le pesa, no lo va a negar; bien que ya la tuviese asumida desde que estuvo a punto de ser juzgado y condenado por la Inquisición que presidía su hijo.
Su hijo…
¿Lamentará no poder profundizar más en su relación con ese chaval jovial (y con una jerga que en ocasiones se le hace difícil entender)? Se ríe de la ocurrencia. Y sí, sí que lo lamentará. Quizás sea una de las pocas cosas que lamente no poder hacer.
Le sobreviene un mareo y una arcada, pero no se asusta. Él vivió la II Guerra Mundial, y sabe de sobra que muchos agentes químicos también son eméticos y provocan nauseas.
—Procedamos —dice en voz alta, a nadie concreto en realidad. Tal vez sólo para insuflarse algo de coraje, por si flaquea.
Decide no levantarse del tresillo, se siente extrañamente cómodo. Al igual que Angustias, elude recorrer con la vista aquella estancia, ahora desoladora para él, así que acaba deteniéndose en lo primero que atisba: un antiguo grabado apaisado, colgado en la pared. Y sin aplazarlo más, antes de atenerse a sufrir cualquier otra contracción, se descerraja un tiro.


El último que retronará en el despacho del subsecretario.
Porque lo único que sonará a continuación, será el móvil de Irene en su pantalón, que espera a que alguien descuelgue para que Pacino pueda comunicar que el equipo de rescate está accediendo ya al Ministerio.

SE ACABÓ EL TIEMPO por Erin Æ. Il Sogno di Roma   

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