lunes, 15 de mayo de 2017

10.-TIEMPO DE ARTE (I)


Arte de Elwing art

Notes:
Este fanfic forma parte de "Tiempo de Relatos", un movimiento realizado por fans y para fans MDT. Los relatos (Trama 1) tienen el punto en común de que giran en torno al mismo arco principal: Darrow libera un gas en el Ministerio del Tiempo que hace que los agentes no sepan distinguir los cambios realizados en la Historia, salvo Amelia, Pacino, Alonso y quizá algunos mas.
#tiempoderelatos  
TIEMPO DEL ARTE
 Por UnIngenieroMas
PARTE 1
Marieta siguió en el monitor la actuación del pimpollo con ojo crítico, atenta a darle las órdenes por el pinganillo en el momento adecuado. No iba mal. Para lo que podía ser, no iba mal. Costaba seguir la música con toda aquella panoplia mareante de visuales, pero puesto que la mayoría de las canciones del certamen iban en ese aire, había acabado por aceptar el tema como cosa de aquel tiempo. A su lado Pepa y el novato no parecían muy nerviosos. De Pepa se lo esperaba: tenía las mismas misiones detrás que ella. Del novato...

El puñetero novato, sangre de horchata, parecía estar de vuelta de todo y era su primera misión.



- Todo en inglés -musitó Pepa, sin despegar el ojo del monitor, el acento de boquerona saliéndole por la indignación-. Además, se queda corto en los bajos. Otro guiño de ojo. Se está pasando con los guiños de ojos.
- No tiene claro qué cámara le enfoca, por eso lo hace -le defendió el novato-. Además, es su aire. Déjale que llegue al público, guapa.

Marieta sonrió. No necesitó ver la cara de Pepa para imaginársela. ¿Guapa?

- De usted y Agente Flores para tí, novato -aclaró tranquila y seca-. No me hagas darle a Salvador un mal informe.

El novato no dijo nada. Era un morenazo alto y aflautado, de sonrisa clara y ojos dulces. Marieta vio de reojo una de sus encantadoras sonrisas, tratando de poner paz. Salvador y Ernesto no solían equivocarse asignando agentes, por lo que el hombre se merecía el beneficio de la duda; para ser un recomendado tampoco había resultado tan inútil: por videoconferencia con Ucrania, y sólo hablándole, había sabido tranquilizar un poco al figura, lo que ya era bastante.

Con respecto al figura en el escenario a varios miles de kilómetros de allí, Pepa y ella habían tratado de que le metiera al número algo de baile y algo de salero, pero el muchacho daba lo que daba y los nervios, pues eran los nervios. Era cantar bien o moverse bien. Las dos cosas a la vez, como que no. No todos los recomendados, supuso, lo merecían.

Si no, no estarían ellas otra vez tratando de salvar la cara de España en Eurovisión.
Ahh... ¡Cómo echaba de menos a Rosa! Esa chica sí que valía.

- Las tablas de surf -avisó Pepa-. Vienen las tablas de surf.
- Lo sé, lo sé -musitó Marieta dándole la última calada al cigarrillo.

Empezó a ladrar órdenes por el pinganillo. Los pasos, regular... No perdía tono. Un par de ánimos, para que no se hundiera.

- Aclárate la garganta cariño, que viene el solo -ordenó.

El momento crítico llegaba. Toda la actuación dependía del solo. Una caída de la música y una explosión de sentimiento que bien ejecutada podría hacerles subir por lo menos tres puestos. Desde la salida del portugués estaba claro que el concurso tenía dueño; no obstante, con un poco de suerte, a pesar de tener entre manos una descarada canción del verano, aun podían quedar en la parte alta de la tabla. Para un año que Rusia no estaba, era el momento de quedar por encima de los británicos y, contra toda lógica, este año los mamones habían enviado a una muchacha decente.

De repente y por sorpresa, con un estruendo y un grito, la puerta de la pequeña sala de conferencias se abrió y apareció un energúmeno con una pechera de metal chillando en algo parecido a italiano. El susto le hizo a Marieta pegar un brinco y soltar el micro, que acopló el pinganillo en un atronador pitido metálico en el preciso momento de ejecutar el solo.

El horror en la cara de Pepa le hizo comprender que lo que acababa de oír del otro lado del monitor era lo que era; hasta el novato, en su habitual cara de tranquilidad, fue de mirar al italiano a mirar al monitor con un rictus de horror e incredulidad.

- ¿Eso ha sido un gallo?

Con desolación, los tres pasaron de atender al monitor a fijarse en el descolocado soldado italiano quien, balbuceando algo, había podido cerrar la puerta de la sala tras él, para luego caer al suelo de culo.
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Pepa logró apagar las ganas de darle una patada en la entrepierna: el hombre parecía desorientado y alarmado, en necesidad de ayuda.

Aun así les había estropeado el curro de los últimos dos días, lo que la hizo resoplar un par de veces antes de comprender que detrás de la puerta algo pasaba; el italiano huía de lo que hubiera al otro lado, y eso parecía mucho más urgente que ayudar a un enchufado bastante maleducado a quedar bien en Eurovisión.

- ¡Se acabó! -gruñó Marieta al volver de los monitores-. ¡Este año la hemos liado! ¡Los jurados no perdonan! ¡Quedaremos los últimos! ¿Quién es...

Su propia voz se apagó al oír el caos fuera de la sala y al ver la expresión en la cara del hombre. Pepa corrió a arrancar un par de fundas de las sillas y las metió por el hueco de la puerta con el suelo, tapando el humo que comenzaba a colarse.

- Chocho, si esto es un fuego -dijo Pepa buscando la mirada de Marieta-, tenemos poco tiempo.

La otra asintió y soltó un taco.

- ¿Quién es usted, soldado? -preguntó Marieta calmándose-. ¿Qué está pasando fuera?

El hombre no supo qué decir. Para empezar, farfullaba en un dialecto que parecía italiano sin acabar de serlo; por terminar, por el peto y las calzas, Pepa no iba bien en Historia pero ese fulano venía de antes del XVII como que a ella la habían parido en Málaga.

El novato se acercó al hombre con su pachorra habitual y trató de hablarle chapurreando italiano. Pues iba a resultar útil después de todo.

- Dice que no sabe cómo se llama -informó-. Y no es italiano, no todo... Tiene otro acento... Del norte, creo.

Más preguntas y ninguna respuesta dieron la nada como resultado. El italiano estaba amnésico. Pepa no podía decir qué o cómo, pero su cara le sonaba. Y el peto metálico... La banda...

- ¡Nena, este es Ambrosio Spínola! -comprendió Pepa-. ¡Lo recuerdo de haberle visto hablar con Salvador!

 Arte de Oscar Silvestre Shanug

- Ambrosio Spínola -repitió el italiano como saliendo de una bruma, en perfecto castellano. Su tono de voz era profundo y entonado-... Reconozco ese nombre...

El novato ayudó a levantarse al soldado. Su rostro con golilla y alguna cicatriz seguía siendo un amasijo de confusión, pero se iba recomponiendo.

- Don Ambrosio -insistió Pepa-. ¿Hay un fuego al otro lado? ¿Qué sucede? ¿Qué es ese humo?
- Creo que... Creo que... Nos atacan.

Luego dos golpes en la puerta, secos, que acabaron derribándola.
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La pelea fue rápida y brutal.

Con la puerta caída entró una ola de niebla blanca y tras ella, tres hombres con los rostros tapados con extraños bozales. El novato no dudó y con reflejos de gato se trabó con el primero, mientras que Spínola, entre toses, desenfundó espada y daga y empezó a clavar como en una peli de mosqueteros. Tiros. Más tiros como de metralleta llenaron el aire. Pepa aguantó la sorpresa y mientras el otro apuntaba a Marieta, le saltó a la chepa, ¡malaje!, ¡merdellón!, ¡satanás!, distrayéndole el tiempo suficiente para que una silla le acabara primero en el estómago y luego en la quijada, dejándole desmayado y tirado por el suelo.

Marieta soltó la silla y ayudó a levantarse a Pepa. Fueron a echarle un cable al novato, que estaba recibiendo el pobre como un mártir, para acabar casi inmediatamente de dos guantazos tiradas por el suelo. Spínola apareció para ayudar y práctico, le dejó más agujeros al último hombre que un tapete de ganchillo.

Luego, derrotado por el esfuerzo, se desmayó.

- ¡Niña! ¡Los bozales! -ordenó Marieta entre toses-. ¡Creo que son máscaras de gas! ¡Como las de la guerra! ¡Ponte una!

Pepa buscó una máscara y se la quitó a uno de los asaltantes. Se la encajó en la cara y respiró, notando el olor de los filtros por encima del adormecedor aroma a menta de la niebla. Quitaron los demás bozales a los cadáveres y se las pusieron al novato y a Spínola, compartiendo ellas la tercera por turnos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sólo había visto difuntos en velatorios. Recuperada del coscorrón y mirando los cuerpos envueltos en lo que parecía una especie de traje de plástico naranja, no era capaz de despegar los ojos de la sangre que habían hecho las armas del italiano.

Logró reponerse del mareo tras respirar un poco.

Algo grave estaba pasando y no valía ser una blanda. Siendo blanda se acaba con la mano de un fotógrafo desgraciado en las bragas, se recordó. Tocaba mala leche, soltar tacos y pinchar huevos con el pasador del pelo. Se llevó la mano al estómago, esperando que el dolor de la úlcera volviera a aparecer; para su sorpresa, tras respirar bajo la máscara otro par de veces, notó la tranquilidad volverle.

Aquello era bastante menos estresante que actuar para Franco. De hecho era... Lo encontraba... Excitante.

Pepa se fue a don Ambrosio y trató de reanimarle con un par de cachetes después de ponerle la máscara. Como no respondía, retrajo el brazo y le dio una galleta que le dejó la palma de la mano en carne viva.

- ¡Despierte hombre! ¡Despierte don Ambrosio!
- Ven a las termas -susurró el soldado despertándose-... Estaremos juntos... Lo pasaremos bien...
- ¡Don Ambrosio! ¡Dígame! ¡Qué está pasando!
- Es un robo... Siempre es un robo...
- ¡El qué es un robo! -gritó Pepa a través de la máscara-. ¡De qué habla, hombre!

El soldado acabó por despertarse del todo. Marieta y el novato, con dos cachos de papel metidos por la nariz parando la hemorragia, se acercaron cuando el italiano pudo hilar frases coherentes.

- Nos ataca Darrow -pudo explicar finalmente.
- ¿Qué es Darrow?
- Americanos...
- ¿Americanos?
- Son como ingleses -aclaró Spínola-, pero más entrados en carnes. Esta niebla que traen en máquinas es como un veneno o como belladona -continuó-. Han llenado todo el Ministerio con ella. Creo que... Esos americanos... Vienen a robar algo...
- ¿Qué podemos hacer? -intervino Marieta-. ¿Podemos ayudar, señor Spínola?
- ¿Son Vuestras Mercedes agentes?
- Somo agentes, don Ambrosio -explicó Pepa-. Pero lo nuestro es el arte. ¿Entiende? -añadió chascando unas imaginarias castañuelas.

Parpadeó el hombre, aun un poco confundido. ¿Arte?, repitió.

- Bien... Ehhh... Arte... Entonces algo pueden hacer. Van a dar alarma de lo que ocurre a todo el que vean cuando vayan de camino al corredor seis del nivel ocho. Yo... Debo volver con el coronel Herrera.
- ¿Qué hay en ese corredor? -preguntó el novato-. ¿Por qué nos manda allí?
- Hay pocas cosas de valor en este lugar, joven, que alguien se pueda llevar -explicó Spínola-. Una de ellas es una pieza de arte que se guarda en una cámara en ese corredor. Pase lo que pase no debe caer en malas manos: deben evitar que estos intrusos se lo lleven. 

Deben evitar que roben el Libro de las Puertas.
Acompañaron a Spínola hasta que encontraron a otra pareja de americanos a los que dejar sin máscaras; maldijo el general al romperse en la pelea una, y no poder llevarle a su camarada Herrera la otra. El soldado se despidió de ellos, sin más tiempo, perdiéndose para siempre en la niebla.

Julio le dio vueltas a lo último que le había dicho.

“No he conocido a ninguna mujer que estuviera en este lugar y no debiera, joven. No hay deshonra en dejarse mandar por una mujer y sí en ser un redomado imbécil. Atienda Vuestra Merced a rangos y aprenda todo lo que pueda. Aunque lo suyo sea el... Arte.”

Junto con las máscaras con forma de bozal y apéndices como colmillos de morsa, se habían podido hacer con dos linternas que usaban para orientarse por los corredores entre la cada vez más espesa niebla. Y armas. Una suerte de pistolas demasiado grandes que las muchachas, en una pose poco tranquilizadora, cuando no agarraban con demasiada ligereza, llevaban colgadas del hombro por sus correas como si fuesen bolsos parisinos.

Julio no veía sentido en nada de aquello, como tampoco se lo había encontrado a nada antes. 

Recién salido de la última sesión de rehabilitación, un tipo llamado Ernesto le había llevado a conocer a otro llamado Salvador; si aceptaba un par de trabajos, ellos se encargarían de mover su canción y venderla para que alguien la cantara en Benidorm. Pero aquello había sido en el año 67. Y por lo que le habían explicado y visto, los encarguitos estaban en el futuro.

Eso de poder viajar en el tiempo le seguía pareciendo una broma y sin embargo, ahí estaba. Con dos trozos de papel taponando la sangre de la nariz, aguantando su propia pistola, una normal, en la mano.

 En el futuro sería habitual llevar pistolas y obedecer a mujeres, pero a pesar de las órdenes de Salvador y las palabras de Spínola, le seguía costando tomarse en serio a aquellas dos, sobretodo tan guapas y tan jóvenes. Sus caras le sonaban de algo, pero no las ubicaba, la verdad. Que tenían habilidad para el cante y para lo de Eurovisión no tenía debate: en eso le daban mil vueltas; en lo que se habían visto metidos, sin embargo, se parecía más a una película de espías que estaba del revés. No había mujeres que mandaran en esas películas, y los malos no eran los americanos.

- No puedo creer que los americanos sean los malos en esto -se repitió para sí mismo.
La rubia le observó sin perder la cara de mala leche.
- Los americanos son peores de lo que crees -le contestó a toda velocidad, indignada-. Vienes de nuestra época, ¿verdad?. De los años 60 del siglo XX. Lo que están haciendo en Latinoamérica te debería dar una pista de cómo se las gastan.
- ¿Qué están haciendo en América Latina?
- Guatemala en el 54. Brasil hace un par de años -enumeró la polvorilla-. Eso por no mencionar lo que le hicieron a Cuba en el 52, que no tiene nombre.

La morena ordenó chitón.

- ¡Pepa, por favor! Política ahora, no.

La rubia obedeció, mordiéndose la lengua.

Al llegar al nivel seis, se encontraron a la mujer.

Acordaron que las muchachas se quedarían con ella, mientras él trataba de encontrar el camino que llevaba al nivel ocho.
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Marieta tardó en que la desorientada mujer bajara la espada y aun más en que aceptara respirar por turnos con la máscara. Como Spínola, parecía perdida, desmemoriada.

- No tenemos tiempo -protestó Pepa en susurros-. ¡Debemos llegar al nivel ocho! ¡No deberías haber dejado irse al novato!
- Soy la agente de las Heras -se presentó Marieta, tratando de no hacer caso de las protestas de Pepa-. ¿Puede entenderme? ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Es usted agente?

La mujer volvió a centrar la mirada; como Spínola, dejar de respirar aquella niebla fue suficiente para que volviera un poco en si.

- Mi nombre es Camila Cortés -se presentó, recordando quizás su nombre mientras las palabras acudían a sus labios-. ¿Es esto el Ministerio del Tiempo? ¿Qué es este humo?
- Es el Ministerio, pero nos atacan los americanos; este humo es cosa suya -explicó Pepa, sin paciencia-. Mal momento ha elegido usted para hacer una visita.
- ¿Ataque? -se sorprendió la mujer-. ¡Eso no es posible...! Yo... Yo ayudé a evitarlo...¡Lo evitamos! Darrow...


Marieta vio cómo Camila Cortés se tocaba el vientre, los antebrazos. Volvió a perderse su mirada, a pesar de estar respirando bajo la máscara. Era una joven, de redondeado rostro y alargados ojos; su vestido era actual, pero su espada, pudo observar, no se distinguía mucho de la que le había visto a Spínola. Y estaba manchada de sangre.
Arte de Elwing art

- Lo recuerdo -dijo volviendo en sí-. ¡Lo recuerdo! ¡Fui en busca de un americano! ¡Ellos! ¡Ellos me utilizaron! ¡Tenían a mi padre! ¡Pudimos impedirlo todo pero...! ¡Un agente de Darrow escapó! ¡Yo fui detrás! ¡Mi padre...!

Marieta aceptó la máscara cuando Camila se la tendió para secarse los ojos. Pudo controlar el llanto, endureciendo su expresión, apretando los dientes como quien detiene, pensó, el dolor de una herida aun abierta.

- Spínola nos ha encargado ir a proteger un objeto -explicó Marieta-. Acompáñenos. Podrá respirar con...

Le interrumpió el ofrecimiento los pasos de un traje de plástico naranja al girar despreocupadamente la esquina. Marieta vio a Cortés actuar por instinto, rápida, letal, inmisericorde; antes de que el americano pudiera sacar un arma o dar un grito de alarma, saltó a su lado y le atravesó el pecho con la espada agarrándole, mientras caía, la máscara antigás.

Se la encajó rápidamente contra la cara, para recuperar el aliento.

- Cumplan con su misión -pudo decirles, sus ojos bailando en lo que parecían miles de ideas.

- ¿Qué va a hacer usted? -preguntó Pepa cuando recuperó el aliento, al bajar el arma.

- Creo que puedo detenerlo todo -respondió-. Creo que puedo parar esto y salvar a mi padre. Debo encontrarle. Debo encontrar al agente de Darrow que lo ha cambiado todo.

Marieta y Pepa la vieron desvanecerse entre la niebla, después de ayudarle a ajustarse la máscara.

- Buena suerte -susurró Marieta.

Pepa no dijo nada. Se quedó un momento viendo, como si fuese una silenciosa advertencia, el nuevo cadáver frente a ellas.

Al poco apareció el novato. Había encontrado el camino para llegar al nivel ocho.
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Siguieron avanzando, casi a tientas, encontrándose algún funcionario desvanecido y esquivando americanos. Se toparon con tres parejas, de aquí para allá, cargados con máquinas de humo; pudieron esconderse de ellos con facilidad entre la niebla, que a veces quedaba a la altura de los tobillos y otras llenaba por completo las estancias y los corredores. 
 
Foto de Tamara Arranz
Cuando alcanzaron el pasillo seis del nivel ocho, llegaron a la puerta que Spínola les había indicado. Supieron que era la correcta porque, frente a ella, al menos media docena de lo que parecían científicos con máscaras y trajes amarillos y naranjas, trataban de abrirla con una multitud de aparatos futuristas llenos de tubos y pantallas.
Les guardaban dos matones tras máscaras antigás que aguantaban metralletas como las que salían en los noticiarios de la guerra de Vietnam.


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Edit: Muchas gracias por el fan art de este post a elwing art y a Óscar Silvestre! Y por supuesto a Jorge y a Miguel que lo han juntado y organizado todo! :)

#tiempoderelatos
 

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